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22 de abril de 2007

Un mapita

-"¿Estamos caminando bien o estamos caminando en balde?"(Comentario oido en la corte central del castillo de Versalles, de manos de una turista muy cansada por los adoquines de la calzada.)
-"Claro que estamos caminando bien, para allá son las residencias de las Mesdames y el Delfín, esta es la entrada de las estancias de Maria Antonieta... Mira, mira aquí en el mapita, lo ves? Y estamos acá"

Y en la vida, si uno tiene ese tipo de pregunta, ¿quién se la responde? ¿Quién tiene un mapa para guiarnos?

He descubierto que hay cosas que no tienen respuesta. Y también que, aunque no lo creamos, aunque nos sintamos perdidos, la vida siempre nos lleva por el mejor camino para nuestro aprendizaje. Y sé que mientras más ilógico nos parezca algo de nuestro pasado en nuestro presente, más profundo fue el aprendizaje.

Nada, que por ahí es, según dice el mapita. Lo que no me queda claro es el tiempo que tarde en recorrerlo. Creo que todo depende de cuánto entusiasmo tenga para caminar sobre tanto adoquín irregular. Así se aligera el trecho, ¿no es verdad?

29 de marzo de 2007

Lluevo afuera de mí.

Caracas con neblina y lluvia.

De normal, no pasa de ser un "clima lluvioso". Yo, esos "climas lluviosos" los veo de cierta forma, una forma muy personal.

Se me desatan "ataques de ansiedad".

Cuando eso pasa, tengo miedo a muchas cosas: a la inercia y la pereza, a quedarme dormida y que s eme pase la hora de salir de la cama para ir al trabajo, a perder el día holgazaneando si no tengo que ir al trabajo, a mojarme mucho si tengo que salir...

... pero, a lo que más le tengo miedo, es a mis propios recuerdos.

Temo sentarme a llorar ante la ventana cuando, de golpe, vienen a mi mente las sensaciones, las emociones, los recuerdos, de una semana entera sin mucho más que hacer que ir a clases en un sempiterno gris por telón de fondo.

Temo sentir el frío de esos días de invierno cuando todo era gris en la mañana y negro en la tarde... hasta la mañana siguiente.

Temo quedarme sola en casa porque me siento exactamente igual de triste y abandonada que cuando estaba sola en casa en aquella lejana tierra.

Temo perderme en la contemplación de una lluvia suave porque siento que podría invadirme la misma clase de melancolía blanca que todo lo cubría y me hacía desear, únicamente, darme por vencida de golpe ante el más nimio esfuerzo que estuviera haciendo por tratar de sobrellevar la agonía de sobrevivir a otro día de grises.

Temo a la lluvia que se cuela levemente por paredes o grietas y se abre paso por la casa porque siento que así de inicuamente podría desbordar algún área y me obligara a trapear para recoger ese agua fría en un balde que luego vaciaría en otro lado... odio vaciar baldes llenos de agua de lluvia.

Temo quedarme quietita, durmiendo, sin hacer nada.

Temo sentir la sensación de que puedo sentir, al menor roce con la realidad de un clima lluvioso, los primeros indicios de todo lo que más temo en esos casos...

Y, como al que no quiere uno le dan dos, a mí ahora me toca en versión redoblada.

Alguna vez dije que para Europa no volvería sino de paseo. Y me afirmé que para ese país no volvería nunca jamás. Ahora me toca ir. Y no precisamente de paseo: me toca ir a estudiar y a resolver algunos asuntos legales que siguen en pie. Y sí, me toca ir a ese país donde me aseguré a mi misma que no volvería jamás... no todo el viaje, pero sí una parte.

Voy, como dice alguien que bien me quiere, "a cerrar un ciclo". Que ese es mi principal objetivo. Y lo haré. Creo que me hará mucho bien.

En algún lado de mi corazón sospechaba, casi lo podía asegurar, que me tendría que enfrentar al hecho de ver otra vez, por un caprichito de lo más fortuito del destino, a los seres que siguen acusándome de algo que no cometí. Que no podía cometerlo ningún ser humano a 8.064 kms de distancia...

... homicidio. Emotivo, pero homicidio al fin. Incomprobable eso de "homicidio por la pura tristeza".

Ahora bien, sabiendo yo como son las cosas, sabiendo que las corazonadas mías son casi hechos, sabiendo que con anularlo en pesnamientos me hubiera bastado, ha querido mi agria suerte que hoy me preguntara el abogado la fecha de llegada "para lograr concertar una reunión a la que asistan ambas partes y todos juntos...."

En plena primavera lluviosa, con temperaturas entre los 4 y los 10 grados, con sensación térmica de 3 a 4 grados menos de lo que marca el termómetro, con un gris de telón de fondo y una sempiterna, cansona, fría e insidiosa lluvia persistente, me toca ver a mis ausentes, imperturbables, casi siempre distantes y fríos acusadores.

Tengo un ataque de ansiedad y un dolor en el tobillo, como siempre que hace frío y hay neblina en Caracas, porque se me abren las viejas heridas, las físicas y las emocionales...

... y no me da la gana disimularlas hoy, a casi vísperas del encuentro conmigo misma, en mi hoy y en el ayer que pienso cerrar.

Hoy, la que llueve soy yo.

23 de marzo de 2007

Granos de arena y errores

Los días, como ligeros granos de arena, se deslizan entre mis dedos. Casi imposible atraparlos, cada uno lleva en sí un grado de unicidad que lo hace irrepetible y reconocible pero, a su vez, debido a que viajan con otros muy parecidos, parecen una cascada de granitos idénticos entre sí.

Error...

En los últimos días he cambiado de modo de vida, de sitio de residencia, de perspectiva ante los afectos que tengo desde antes de tener consciencia, de los afectos que me he ganado a lo largo del camino e, incluso, de los que se quedaron atrás, a lo largo del camino.

En los últimos días he cambiado a nivel profesional y me he visto sometida a responsabilidades que no son las mismas que yo pensaba tener hace 5 meses. Mucho menos soñaba con tener hace un año.

Y, sobre todo, en los últimos días, he cambiado la imagen que tenía de mí misma.He explorado facetas de mí que temía explorar a raíz de cosas que me pasaron antes. He reencontrado trocitos de mí que había encerrado, a propósito, en cajones y cajitas de mis recuerdos, para no herirme al encontrarlos. Me he visto, valientemente, sostener un plumero para quitarle el polvo a recuerdos y observarlos bien, aunque luego me eche a llorar sobre el polvero que soy incapaz de sacudir.

Ahora, en los últimos días, me he dado cuenta de que, lentamente, voy avanzando. A veces, incluso, me parece que voy muy lentamente.

He visto cómo sigo teniendo miedos, arrastro recuerdos que me producen ansiedad porque no quiero repetirlos en mi presente... y sé que puedo hacer la diferencia tan sólo si estoy consciente de que ellos son pequeños recordatorios de mi aprendizaje.

He re-aprendido a ver la vida. Al sentirme y saberme capaz de hacer cosas que antes sólo me planteaba en un "algún día" he crecido en mi confianza personal y mis bordes de lo experimentado por mí hasta el presente.

Es así como me atrevo a firmar un contrato que me compromete a una relación laboral de 5 años, decido manejar y para no terminar haciendo novillos hasta me compro un carrito de segunda mano, me atrevo a enamorarme y a casi un año de novios me mudo a vivir con él... a ver si supero otro trauma y algún día nos casamos, replanteo mi relación familiar y me siento crecer a la par que veo que mis padres y mi familia están tan cerca de mí en esta oportunidad...

Del fondo del abismo al cielo. O casi. Pensar que hace casi un año y medio un pensamiento suicida en una estación de tren me hizo cambiar rumbo radicalmente. En ese momento pensé que ya todo valía nada...

Error...

27 de febrero de 2007

De a pedacitos



Y al tercer día....

...volví a sentarme a escribir.

Me cambié de residencia hace 3 días y sigo adaptándome a los altibajos de la novedad.
Con el tiempo me he dado cuenta de que la vida nos hace aprender lecciones a pedacitos. Y también me he dado cuenta de que, en general, ella busca los caminos más sutiles para enseñarnos. Pero, también me he dado cuenta de ello, cuando los caminos sutiles le fallan, la vida no duda en hacer uso de métodos más directos, más físicos, para hacernos entrar por el camino de los cambios que nos harán ampliar nuestra forma de pensar y de evaluar nuestra cotidianidad.

Y no sé qué cambios deba introducir en mi realidad, pero como le fallaran los caminos sutiles, la vida tomó algo tan físico como una mudanza y me llevó por ese camino. En el aprendizaje está envuelta mi familia y muchos otras seres que me acompañan o me conocen. Quizás sea precisamente por eso que la vida escogió este camino para mi aprendizaje: para tocar a muchas personas al mismo tiempo en contextos de aprendizaje diferentes.

Nuevamente, me toca decirle "adiós" a una parte de mí y "hola" a una nueva yo que no conocía... Sé que me queda toda una vida de lecciones que me irán mostrando un pedacito nuevo de mí cada vez. Quizás, al final, de eso se trate la vida: de autodescubrirse. cada día, de a pedacitos.

21 de febrero de 2007

Aquí y ahora soy.


Cuentan que cuentan que la vida es algo tuerta. Pienso que la vida es como un paisaje esculpido, tallado, decorado, en la tierra de nuestros años.

Me imagino la vida como un hermoso paisaje que tiene cascadas, valles y montañas, planicies y colinas. Cada una es una vivencia intensa de las muchas que pueden existir en una sola vida. Y, al igual que si lo hiciéramos con un paisaje, de quitarle algún elemento, seguramente sería menos hermosa, menos digna de un extasis contemplativo.

Ahorita mismo miro mi vida. En silencio, en calma, distante de muchas cosas ya pasadas, logro sentir la maravilla de estar a solas conmigo y disfrutar de toda la riqueza y la sabiduría que se esconde en mi ser. Y no me arrepiento de nada de lo que me ha tocado en dicha vivir.

Me admiro de saber que esto que he logrado ver, de lo que he vivido, es sólo un pedacito de todas las maravillas que se esconden en tantos y tantos seres que me rodean, que comparten conmigo este planeta, que siguen el paso del sol y la luna en el cielo como lo hago yo.

De repente me siento una con el mundo y logro entender lo que puede ser un atisbo de la iluminación.

Y sé que mi vida ya ha sido vivida, en otro tiempo, en otro sitio. Que mis pasos ya han sido andados y han sido superados. Pero fue la vida de otros seres que me precedieron. Ahora me toca a mí sentirlo, experimentarlo.

17 de febrero de 2007

El cuentacuentos

Erase una vez un cuentacuentos.

Su capacidad para inventar historias parecía infinita y tanto los grandes como los chicos le admiraban.

Se decía que jugaba con las mariposas de abril y cantaba al alba, con los loros. Que bailaba en las tardes y contemplaba largamente la pálida cara de la luna. Contaban los mayores que de niño había sido tocado por las hadas y cuando corría por los bosques, las criaturas nunca lo lastimaban.

Era un ser de gran belleza y linda presencia. Su sonrisa parecía la de mil luceros y sus ojos eran como la luz en medio de las noches con neblina. Su voz era como la tierra recién regada por la lluvia y el olor de los guayabales.

Su consejo servía de apoyo a muchos que no sentían que pudieran merecer la atención de los grandes sabios. Su respeto le hacía merecedor de consejos de los mayores. Los cuentos que ellos le contaban, él los atesoraba con amor y los convertía en miles de luciérnagas en las noches, mientras le contaba de su vida a la luna. Dicen que las estrellas le soplaban al oído sus historias.

Un día se instaló a contar un cuento en la plaza y no le salían las palabras. Se dió cuenta que no podía narrar ese cuento: no sería creíble para nadie. En su cara no habría la cantidad de certeza en que esa historia podría ser real, para poder narrarla y ser creída por todos.

Silenció su voz y cerró sus ojos. Pidió disculpas y se retiró. Todos quedaron boquiabiertos.

Por noches y días no pudo mirar a la luna. Se sentía avergonzado. Se creía soberbio y pensaba que su imaginación era sobrepasada por su ego y su deseo de ser reconocido siempre. Dejó de escuchar a las estrellas y las mariposas, las criaturas y la luna. Perdió todos sus cuentos y sus palabras.

Empezó a vagar más y más hacia las montañas. Un día tuvo la sensación, al despertar de un sueño, de que si encontraba a alguien que hubiera vivido esa historia, sería capaz de tener la credibilidad suficiente en su cara como para poder hacer que el público la creyera. Así que emprendió el camino. Se despidió de todos y, con la bendición de algunos y el desprecio de otros, se fue a buscar su propia certitud.

En cada parada, cada noche, hacía una reflexión sobre lo que había vivido, sobre lo que había sorteado y lo que la vida le había regalado. Pasaron muchas lunas y no encontraba nada como esta historia que él soñaba, ahora con más insistencia.

Años pasaron y llegó a una casita minúsucula donde pidió algo de comer o un refugio para pasar la noche. Los que allí vivían, un muchacho y su joven esposa, lo albergaron y le dieron de lo poco que tenían para comer. Y en silencio, logró palpar lo que aquellos dos seres se profesaban. Con los ojos se contaban todo su amor. Con sus manos tejían la dicha que los embargaba al saberse acompañados por aquel otro que los complementaba. Sus sueños, pensaban ellos, siempre que se apoyaran mutuamente podrían lograrlos. Eran jóvenes. Eran inexpertos. Eran infinitos. Eso era lo que él necesitaba. Allí estaba la prueba de que su cuento sí era real, sí era posible, sí existía.

Allí entendió que las estrellas, como siempre, se lo habían soplado en sueños y que ellas lo habían visto suceder muchas veces, en muchas partes. Esta era sólo una de esas. Se sintió avergonzado por dudar de la sabiduría de las estrellas y salió a contarle a la luna, atropelladamente, su ansia y su agradecimiento por su sabiduría infinita. Ella le sonrió, plena y blanca, tan baja que casi se la podía tocar.

El cuentacuentos regresó. Directo a la plaza se dirigió. Los niños corrieron a ver al forastero y los adultos se sentaron a escucharlo, como cuando eran niños. El, con los ojos brillantes como la luz que brilla en medio de las nieblas nocturnas y su voz de tierra mojada por la lluvia contaba la historia con la misma rapidez con la que la tierra cuelga los frutos de los guayabales.

El pueblo entero, mudo, lo escuchaba. Al final, se hizo un silencio sobrecogedor.

Y se escucho al cuentacuentos decir "y es que, por increible que parezca, el mundo es más vasto de lo que nuestros ojos ven y nuestras mentes entienden... y esto es absolutamente cierto!"

15 de febrero de 2007

Carta número 3


No puedo odiarte, lo sabes. Pero has revuelto mi vida y la has seccionado en dos partes perfectamente visibles. Así que todo lo que vive en mí por tí, y lo que existió, también lo has separado por esa línea indeleble, trazada con un pulso firme.

A tí te debo el saber hasta qué punto puedo ceder en mis aspiraciones y hasta que punto debo negarme a dejar que mis aspiraciones no sean tomadas en cuenta.

A tí te debo el saber hasta qué punto puedo dejar que me maltraten y hasta que punto debo evitar ser maltratada.

A tí te debo el saber qué cantidad de terquera habita en mí.

A tí te debo el saber qué cantidad de ternura y amor guardo.

A tí te debo el saber qué cantidad de espíritu de martir tengo escondida en mis fibras.

A tí te debo el saber cuál es el límite de mi autocompasión y el inicio de su erradicación.

A tí te debo el saber hasta qué punto llega mi capacidad de entrega y compromiso en una relación.

A tí te debo el saber qué hacer y cómo no actuar con un hombre al que creo que podría amar o al que simplemente aprecio.

A tí te debo el saber todo lo bueno que me compone.

A tí te debo el saber que todo lo que yo quiera lo puedo lograr.

A tí te debo el haber descubierto una parte de mí que no conocía y que es expansiva y obstinada.

Por eso no te puedo odiar, porque te debo muchas cosas maravillosas.

Pero sí te puedo decir que todo eso te lo debo porque todo lo descubrí a través de la crisis más intensa que he tenido a nivel profesional, afectivo, familiar, lingüístico, personal y financiero en el año y tres meses más intensos de mi vida. Y todo es resultado de la falta de atención que prestaste a mis problemas, a mis logros y a mis batallas cotidianas. A la falta de comprensión ante mis pequeñas (o grandes) tristezas o frustraciones. A la falta de generosidad que te caracterizó y que impidió que entendieras que una relación de pareja se hace entre dos y de a poquitos cada día.

A través de este año y 2 meses que me separan del triste adiós que me permitió sentir que podría volar otra vez, y que te reveló dura y fríamente todos los errores que habías cometido en nuestra relación, justo cuando estoy alcanzando horizontes que nunca pensé alcanzar, justo ahora que comienzo a sentir que florezco otra vez, algo en mí se remueve.

Es que me toca volver a tu tierra.

Me toca terminar el ciclo de lo que se relaciona con nuestros adiós, el emocional, el físico y el legal.

Me toca ver a tus padres llenos de recriminaciones y odios hacia mí por tu muerte injusta y mi inicua actitud, según ellos.

Me toca volver a enfrentarme a todo lo que una vez significó una enorme tierra de cosas lindas y luego se convirtió en una jaula gris de ausencia y melancolía que pintaba de reveses cada ladrillo y cada baldosa que yo posara o tocara.

Me has dejado a merced de mis recuerdos en tu tierra para resolver un asunto que no nos compete más sino que me pertenece a mí.

Sé que sin todo lo que me forzaste a vivir entonces, no hubiera podido asumir todo lo que me toca vivir ahora.

Sé que este ciclo, que yo intuyo grande, será más grande de lo que me imagino.

Sé que no te odio pero tampoco resultas una presencia neutra en mi vida.

Me he arrancado palabras que me recuerdan eventos, canciones que me recuerdan sitios, gestos que me recuerdan personas, comentarios que me recuerdan emociones.

He hurgado en mí y, poco a poco, he hecho absolutamente todo lo que me dije allá, en tu tierra, que "algún día" podría hacer.

He aprendido a vivir con la presencia constante de cositas que me recuerdan algo de tí, de nosotros, de tus gestos y palabras y de mis ires y venires por aquel país tan plano.

He aprendido a no dejar entrar en mi vida a quien no me interesa que entre.

He aprendido a entender y perdonar. Me falta mucho pero sé la capacidad vive en mí.

He aprendido a abrazar y apreciar muchas pequeñas cosas de la cotidianidad.

Así que hoy no te escribo para agradecerte, sino para decirte que las gracias que te debo van acompañadas de un poco de dolor y molestia porque fuiste tan bueno como malo, tan sincero como mentiroso, tan interesado como dado y tan divino como humano.

Me debo un perdón eterno para tí y para mí y una seria revisión de mis intereses y valores porque hasta me has arrancado palabras de la lengua y risas de la cotidianidad.

Me enfrento a esta amarga vuelta del camino desde meses antes de llegado el momento. como entonces, ya mis emociones se revuelven. Como entonces, mi obstinación se exacerba y mi calma disminuye. Me toca, nuevamente, respirar profundo, mirar dentro de mí y entender que si observo desde afuera el problema, seguramente me llegarán todas las respuestas.

Mientras? sigo pensando que te debo y me debo un perdón eterno por errores que cometimos...